sábado, 5 de diciembre de 2009

Comunidades de aprendizaje

Ayer se graduaron veintiún magísteres en Gestión de la Comunicación en las Organizaciones de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Va una parte de los que dije en el discurso:

Cuando la comunicación bien gestionada se convierte en el sistema nervioso central de la organización, es decir cuando se zanjan los conflictos entre el adentro y el afuera, entre el vértice de la institución y la base, entre un departamento y otro, la organización está en condiciones de desarrollar todas sus potencialidades, como una auténtica organización inteligente.

La competencia entre gerencias o departamentos de una institución es una proyección negativa de la lógica del mercado. La competencia se debería reservar a dos organizaciones que confluyen en un mismo sector de la actividad social, pero no promoverse entre las áreas o las personas de una misma organización. Hacia adentro, no se nos pide que seamos competitivos sino profesionalmente competentes. Las empresas que pierden mucha energía en conflictos internos terminan siendo menos competitivas.

La comunidad típica de la sociedad del conocimiento es la comunidad de aprendizaje: la organización inteligente.

Sostiene el pensador español Daniel Innerarity que la de las organizaciones es una forma de inteligencia colectiva: el saber del conjunto no se reduce al saber de sus miembros. “El saber de una organización no es el que está en la cabeza de sus miembros, sino en los sistemas de reglas, cultura de la organización, procedimientos, rutinas y procesos, sistemas de negociación, decisión y resolución de conflictos”. Como sugiere el título de un libro: las instituciones piensan. Por eso, conocer su historia, respetar sus tradiciones, adherir a su ideario, valorar lo hecho, aprender de los demás, es condición necesaria, aunque no suficiente, para introducir cambios, para innovar, para acelerar el crecimiento. Alejandro Llano, otro pensador español, también considera “que esa fulguración del avance y transmisión del conocimiento sólo acontece en comunidades de aprendizaje, que presuponen una institucionalización, la presencia de algunas reglas, la adquisición de ciertos hábitos, el ejercicio de determinadas virtudes y la práctica de un esfuerzo compartido”.

“La verdadera inteligencia se constituye tras haber pasado por la experiencia de descubrir lo habilidoso que somos en el arte de tener siempre razón y haber concluido de ello que esta presunción es la principal fuente de nuestras torpezas”, sigue diciendo Innerarity y concluye: “Hay una inteligencia que consiste en ponerse límites, defenderse de uno mismo, corregir la propia deformación”.

Ni es cierto que no sirva nada de lo anterior ni que haya que seguir haciendo las cosas como se venían haciendo, nada más que porque siempre se hicieron así. Sólo encontramos las respuestas, juntos. Nadie sabe más que todos los demás unidos. Porque, como ha dicho Einstein, todos somos ignorantes, sólo que en distintos campos. Una organización inteligente es la que quiere aprender más, aquélla en la que la mayoría de sus miembros están integrados -como diría Alisdair Mac Intyre- en la narrativa del dinamismo de progreso en el saber.

La comunicación es el cemento de toda comunidad. Las mismas palabras comunicación y comunidad tienen una raíz común. Construir una comunidad es poner en común. Es una idea que se apoya en el desinterés, en el supuesto de que mi cooperación siempre retorna a mí, que tender una red, alimentarla, aportarle contenido a la larga redunda en mi beneficio. “El mejor procedimiento para maximizar el propio interés es cooperar”, afirma también Innerarity. Uno coopera con el que le inspira confianza, y uno inspira confianza en los demás cuando coopera. “La confianza mutua, concluye Llano, basada en la veracidad, es el límite que ninguna corporación ha de vulnerar, porque entonces se haría internamente vulnerable. Nada hay más deletéreo -menos inteligente- que el disimulo, el engaño, la opacidad o el miedo a decir lo que se piensa”.

La comunidad de aprendizaje es un modelo para entender las relaciones entre autoridad y subalternos, entre áreas y personas que la gestión eficaz de la comunicación puede facilitar. Cuando uno no debe cuidarse de su jefe ni de sus empleados puede crear con libertad, dedicarse a lo que le gusta, que es lo que mejor le sale y que es el mejor aporte que le puede hacer a su institución. La dirección, por ejemplo, ya no puede pretender saber lo que saben los expertos de las áreas. Una organización inteligente es aquella en la que el poder de decisión pasa, para cada problema, por el área que más sabe y mejor información tiene sobre la materia, sin importar su altura en el organigrama. Una organización inteligente, entonces, evita la concentración del poder, reparte el poder, empodera, hace a todas los departamentos igualmente poderosos en distintos momentos, en lo que concierne a su respectiva especialidad.

La comunicación es un saber experto que requiere de alta cualificación para ser gestionado profesionalmente. Los profesionales de la comunicación deben defender su área de incumbencia, es verdad, y lo hacen demostrando su capacidad de resolver conflictos, de promover un clima positivo de trabajo, de generar adhesión a los valores de la institución. Pero, además, pueden difundir un estilo de relación que se filtre por toda la organización: el convencimiento de la utilidad de la comunicación como medio eficaz para producir novedades positivas en la comunidad.

3 comentarios:

  1. ¡Me emocioné muchisimo! que lindas palabras...y que ciertas.
    Ojalá pronto pueda estar en el acto y escuchar otro discurso como este.
    ¿Puedo mostrarlo? es tan verdadero todo lo que dice!
    Pía González

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  2. Muchas gracias, Pía. Vos mejorás mis textos. Pos supuesto que podés mostrarlo.

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  3. Estimado Damian ahora puedo comprenderlo con mas detenimiento ya que en la graduación, los nervios no me lo permitieron. Muchas gracias por todo lo aprendido y al igual que Pia lo citare en mi Blog.

    Leandro Pavón

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